Quien controla el relato, controla la guerra: el poder mediático como nueva geopolítica
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Quien controla el relato, controla la guerra: el poder mediático como nueva geopolítica

Edu Ortiz
·21 de abril de 2026·10 min de lectura

En el año 1898, William Randolph Hearst, el magnate de prensa más poderoso de Estados Unidos, envió a uno de sus mejores ilustradores a Cuba para cubrir la inminente guerra con España. Al llegar a la isla, el periodista constató que allí no había ninguna guerra, y telegrafió a su jefe: "Todo está en calma. No habrá guerra. Quiero volver." La respuesta de Hearst es uno de los documentos más honestos de la historia del poder mediático: "Usted permanezca en Cuba. Envíeme los dibujos y yo pondré la guerra."

Hearst cumplió su promesa. La histeria fabricada alrededor del hundimiento del acorazado Maine —cuya responsabilidad nunca pudo atribuirse a España— arrastró a Estados Unidos a una guerra que le costó a España sus últimas colonias y a Washington le entregó el control del Caribe. Una guerra construida, literalmente, en una redacción.

Ciento veintisiete años después, la lógica no ha cambiado. Solo han cambiado los instrumentos, la velocidad y la escala.

El campo de batalla invisible

Existe un campo de batalla que no aparece en los mapas convencionales de la geopolítica: el espacio donde se construyen los relatos, donde se define quién es el agresor y quién la víctima, qué conflictos merecen atención global y cuáles desaparecen en el silencio administrativo de lo no noticiable. Ese campo de batalla es, en el siglo XXI, tan decisivo como el terreno físico. A veces más.

Sun Tzu lo intuyó con veinticinco siglos de anticipación: el supremo arte de la guerra no consiste en vencer en cada batalla, sino en doblegar la voluntad del enemigo sin combatir. La victoria definitiva es aquella que se produce antes del primer disparo, cuando el adversario ya ha perdido la certeza de poder ganar, ya ha aceptado —sin saberlo— el marco interpretativo que le perjudica. Hoy, ese proceso de derrota previa se llama narrativa dominante.

Las guerras contemporáneas se libran en dos planos simultáneos: el físico, con misiles, drones y soldados, y el semiótico, con imágenes, palabras, algoritmos y encuadres informativos. Y en no pocas ocasiones, el segundo plano determina el resultado del primero.

Gramsci en la era de los algoritmos

Antonio Gramsci formuló en la cárcel de Mussolini una distinción que se ha vuelto más relevante con cada año que pasa: la diferencia entre dominación y hegemonía. La dominación es pura coerción —la bota sobre el cuello. La hegemonía es algo más sofisticado y más difícil de combatir: es la capacidad de un grupo dominante para presentar sus intereses particulares como el interés general, para hacer que los dominados acepten, e incluso defiendan, el orden que los somete.

La hegemonía se construye en la cultura, en la educación, en los medios de comunicación. Y quien controla esos medios tiene en sus manos el mecanismo más poderoso de producción de consentimiento que la historia ha conocido. No necesita encerrar a sus adversarios —puede simplemente hacerlos invisibles, ridiculizarlos, encuadrarlos como "extremistas", "conspiranoicos" o "autoritarios" antes de que hayan podido articular su primer argumento.

La hegemonía cultural no opera mediante la mentira grosera —eso sería fácilmente detectable. Opera mediante la selección: qué hechos se presentan, en qué orden, con qué contexto, con qué emociones asociadas. El mismo acontecimiento puede ser una "operación de liberación" o una "invasión ilegal" dependiendo del medio que lo cubra. No hay que falsificar la realidad: basta con recortarla.

Tres conflictos, tres relatos

Ningún caso ilustra mejor el funcionamiento del poder narrativo en la geopolítica contemporánea que los tres grandes conflictos que dominan la agenda internacional de este momento.

Ucrania fue presentada desde el primer día del ataque ruso de 2022 en los medios occidentales como una guerra de civilización: democracia contra autocracia, libertad contra tiranía, Europa contra el barbarismo oriental. Ese encuadre tenía consecuencias políticas muy concretas: justificaba el envío masivo de armas, la imposición de sanciones sin precedentes, la expulsión de Rusia de los foros multilaterales. Lo que ese relato ocultaba —los antecedentes de la expansión de la OTAN, el papel de Occidente en el golpe de 2014, la guerra en el Donbás que antecedió ocho años a la invasión— no era falso por ser ignorado. Era simplemente invisible en el encuadre dominante. La narrativa producía sus efectos antes de que pudiera ser cuestionada.

Gaza es el caso más brutal de asimetría narrativa de los últimos años. Las primeras semanas del conflicto fueron dominadas por el encuadre del terrorismo: Hamas había atacado a civiles israelíes, Israel tenía el derecho a defenderse, cualquier otra consideración era "apología del terror". Ese encuadre, administrado con precisión milimétrica por los grandes medios occidentales, sostuvo el apoyo político y diplomático a las operaciones militares israelíes durante meses, incluso cuando las cifras de víctimas civiles alcanzaban dimensiones que en cualquier otro contexto geográfico habrían generado condenas internacionales unánimes. La ruptura —tardía, parcial, aún contestada— de ese encuadre llegó no por los medios tradicionales, sino por la irrupción de las redes sociales: millones de teléfonos móviles en manos de civiles gazatíes transmitiendo en tiempo real lo que las cadenas de televisión encuadraban de otra manera.

El triángulo EE.UU.-Israel-Irán es quizás el laboratorio más antiguo y más elaborado de construcción narrativa en la geopolítica contemporánea. Durante décadas, la alianza entre Washington y Tel Aviv ha operado sobre un andamiaje discursivo de enorme eficacia: Irán como Estado paria, patrocinador del terror, amenaza existencial para Israel y para la "estabilidad regional". Ese encuadre —tan repetido que se ha naturalizado como dato objetivo— es en realidad una construcción política con fecha de inicio precisa.

La historia que ese relato omite es reveladora. Fue Washington quien instaló y sostuvo al Sha Reza Pahlevi, cuya policía secreta —la SAVAK, entrenada por la CIA— sembró el terror durante décadas entre la población iraní. La Revolución de 1979 no fue un capricho ideológico: fue en parte la respuesta a años de dominación coercitiva bajo una dictadura prooccidental. Cuando el régimen del Sha cayó, el relato giró bruscamente: el mismo país que había sido el "gendarme del Golfo" al servicio de Washington se convirtió de la noche a la mañana en la encarnación del fanatismo antioccidental.

Lo que siguió fue una acumulación de narrativas superpuestas, cada una diseñada para mantener a Irán en el rol de antagonista. El programa nuclear iraní —presentado sistemáticamente como una amenaza inminente de destrucción masiva desde mediados de los años 2000— fue el argumento que durante veinte años justificó sanciones, sabotajes, asesinatos selectivos de científicos y amenazas de intervención militar. Los medios occidentales reprodujeron sin apenas cuestionamiento las evaluaciones de inteligencia israelí y estadounidense, incluso después de que la comunidad de inteligencia de EE.UU. reconociera en 2007 —en un informe de Evaluación Nacional de Inteligencia— que Irán había abandonado su programa de armas nucleares en 2003.

La asimetría informativa era flagrante: el arsenal nuclear israelí —estimado en entre 80 y 400 cabezas— era y sigue siendo el elefante invisible en cada debate sobre proliferación en Oriente Medio. Israel nunca firmó el Tratado de No Proliferación Nuclear, nunca sometió sus instalaciones a inspección internacional, y sin embargo el encuadre dominante reserva el papel de amenaza nuclear exclusivamente a Irán. No es que los periodistas mientan: es que el encuadre decide qué preguntas se formulan y cuáles son impensables.

El colapso más reciente de ese relato llegó con la operación israelí de octubre de 2024 sobre Irán y la respuesta iraní con drones y misiles balísticos. Por primera vez en décadas, el conflicto salió del plano de las amenazas y las guerras por delegación para adquirir un carácter directo. Los medios occidentales cubrieron los ataques iraníes con la retórica habitual de la agresión irracional; los ataques israelíes como acciones "quirúrgicas" y "proporcionadas". El mismo tipo de violencia, encuadrado de forma radicalmente distinta según su autor.

El Líbano es el caso más demoledor de manipulación narrativa sistemática, precisamente porque es el más antiguo y el más olvidado. Desde 1982, cuando Israel invadió el país con el objetivo declarado de expulsar a la OLP y el no declarado de instalar un gobierno pro-israelí en Beirut, el Líbano ha sido tratado por los medios occidentales fundamentalmente como escenario de las acciones de sus vecinos, nunca como sujeto político propio.

El surgimiento de Hezbolá —presentado desde sus orígenes como organización terrorista y nunca como respuesta política a una ocupación militar que duró hasta el año 2000— ilustra con precisión el poder del encuadre. La narrativa dominante omite sistemáticamente el contexto: que Hezbolá nació en 1982 como reacción directa a la invasión israelí del sur del Líbano, que su base social se construyó ofreciendo servicios —hospitales, escuelas, infraestructuras— que el Estado libanés no proveía a una población chiita históricamente marginada, y que su capacidad militar se fortaleció precisamente durante los 18 años de ocupación israelí del sur del país.

La guerra de 2006 es el ejemplo paradigmático. Israel lanzó una ofensiva devastadora sobre el Líbano —incluyendo el bombardeo sistemático de infraestructura civil, puentes, centrales eléctricas y el aeropuerto de Beirut— que causó más de 1.200 muertos libaneses, en su inmensa mayoría civiles. El encuadre mediático dominante presentó el conflicto como una respuesta defensiva al secuestro de soldados israelíes por Hezbolá, invisibilizando tanto la provocación como la desproporción. Lo que los documentos revelados posteriormente mostrarían —que la ofensiva había sido planificada meses antes y que la Casa Blanca había dado luz verde— no alteró retroactivamente la narrativa que había ya cumplido su función: sostener la legitimidad de la operación durante su desarrollo.

La guerra contra el Líbano siguió el mismo guión con una brutalidad renovada. El asesinato mediante explosivos en los beepers de miles de miembros de Hezbolá —en un ataque de suministro que también hirió a civiles— fue cubierto en muchos medios occidentales con un tono de admiración tecnológica antes que de condena por el uso de un arma diseñada para herir sin discriminación. El encuadre heroico de la "operación de inteligencia" desplazó el encuadre del "ataque indiscriminado a civiles" que habría dominado la cobertura si el atacante hubiera sido cualquier otro actor.

El Líbano es, en el fondo, el espejo más claro del poder narrativo en acción: un país que ha sido destruido, reconstruido y destruido de nuevo mientras el mundo observaba con el encuadre equivocado.

El nuevo campo de batalla: los algoritmos y la guerra de plataformas

Si la hegemonía mediática del siglo XX se libraba en las redacciones de los grandes diarios y las cadenas de televisión, la del siglo XXI se libra en los algoritmos de distribución de contenidos. Y aquí aparece una dimensión geopolítica nueva y subestimada.

Las principales plataformas que estructuran el acceso global a la información —Google, Meta, X/Twitter, YouTube— son empresas estadounidenses, sujetas a la jurisdicción y los valores normativos de Washington. Sus algoritmos no son neutrales: amplifican ciertos contenidos, suprimen otros, deprimen la visibilidad de fuentes que no se ajustan a los marcos informativos dominantes. La "moderación de contenidos" —término burocráticamente inocuo— es en la práctica un mecanismo de gestión del espacio público global que opera sin escrutinio democrático y con criterios que tienden a coincidir, no accidentalmente, con los intereses de la política exterior estadounidense.

China e Irán respondieron a esta asimetría con el aislamiento: construyendo ecosistemas digitales nacionales protegidos por el "Gran Cortafuegos". Rusia intentó algo intermedio. Pero la mayor parte del mundo —especialmente el Sur Global— consume información a través de plataformas que no controla, en idiomas en los que no produce contenido de alcance equivalente, bajo algoritmos que no puede auditar.

La desinformación no es el problema principal. El problema principal es la formación de información: quién decide qué eventos se convierten en hechos globalmente relevantes y cuáles permanecen en el silencio.

La contrahegemonía y sus límites

Frente a la hegemonía narrativa occidental han surgido contraofensivas. RT (Russia Today) y CGTN (China Global Television Network) son los ejemplos más visibles: medios financiados por estados que cuestionan el monopolio del encuadre informativo occidental. Al Jazeera, con sus limitaciones propias, abrió en los años 2000 una grieta en el consenso mediático global al dar voz a conflictos y perspectivas que CNN y BBC sistematicamente ignoraban.

Pero la contrahegemonía mediática enfrenta una trampa estructural: para ser eficaz, necesita audiencias masivas; para tener audiencias masivas en Occidente, necesita operar según códigos y valores informativos que reproduce el sistema que pretende cuestionar. Termina, en la mejor de las hipótesis, siendo una voz marginal de oposición sistémica. En la peor, un instrumento de propaganda que refuerza en las audiencias occidentales la narrativa sobre la "desinformación enemiga".

La verdadera brecha no está en los grandes medios alternativos, sino en la atomización de la información producida por las redes sociales: millones de fuentes individuales, descentralizadas, incontrolables, capaces de fracturar cualquier consenso narrativo construido desde arriba. Es la misma dinámica que Habermas describía como la tensión entre el sistema y el mundo de la vida: la colonización comunicativa puede ser resistida, pero solo mediante una reconstrucción colectiva de los marcos de interpretación, y eso requiere tiempo, organización y una pedagogía crítica que los sistemas educativos dominantes no tienen ningún incentivo en proporcionar.

Leer entre los relatos

La geopolítica del siglo XXI no se puede entender sin leer sus relatos. Pero leer los relatos exige aprender a mirar lo que no está en ellos: qué voces no se citan, qué contextos se omiten, qué preguntas no se formulan. Exige cultivar la misma desconfianza metodológica que se aplica a los datos econométricos o a los informes de inteligencia: no porque todo sea falso, sino porque todo relato es una selección, y toda selección tiene un autor con intereses.

Sun Tzu recomendaba conocer al enemigo y conocerse a uno mismo para ganar en cada batalla. En el campo narrativo contemporáneo, el primer paso es reconocer que estamos, todos, inmersos en relatos que no escogimos y que rara vez examinamos. El poder que fabrica esos relatos cuenta con esa pasividad. Romperla es el comienzo de cualquier política genuinamente soberana.

Quien controla el relato no siempre gana la guerra. Pero siempre decide qué guerra se libra, cómo se nombra y quién merece ganarla.

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