Un orden que se fisura
En su ensayo canónico sobre la crisis del orden liberal, G. John Ikenberry advirtió que el internacionalismo liberal del siglo XX nació entrelazado con las políticas progresistas domésticas: fue el instrumento con el que líderes como Roosevelt construyeron bienestar hacia adentro proyectando multilateralismo hacia afuera. Esa conexión, escribía Ikenberry, se rompió en las últimas décadas. Lo que ocurre en Barcelona este fin de semana puede leerse como un intento —deliberado o no— de reanudarla.
La iniciativa que Sánchez y Lula bautizaron en las márgenes de la Asamblea General de la ONU en septiembre de 2024 ha celebrado ya tres ediciones previas: dos en Nueva York y una en el Palacio de La Moneda chileno en julio de 2025, con Boric como anfitrión. Barcelona es la primera vez que la cumbre aterriza en suelo europeo y, de forma significativa, en el corazón de la segunda economía de la Unión Europea: España.
El centro de gravedad ideológico del mundo democrático más amplio es más socialdemócrata y solidario que neoliberal.
La antítesis del Escudo de las Américas
La simultaneidad no es retórica: mientras la Administración Trump impulsa el llamado Escudo de las Américas —una arquitectura de seguridad hemisférica que mezcla aranceles coercitivos, presión migratoria y una visión del mundo transaccional y nación-centrista—, Barcelona ofrece una fotografía diametralmente opuesta. Multilateralismo, instituciones internacionales, democracia como valor exportable, lucha contra la desinformación y la desigualdad. Los tres ejes de la cumbre son, en sí mismos, una refutación punto a punto del programa trumpista.
La Internacional Socialista es una de las organizadoras del evento, lo que añade una dimensión institucional que va más allá de la foto de familia. El foro aspira a ser la respuesta progresista a la CPAC —la Conferencia de Acción Política Conservadora—, ese espacio donde Trump, Milei, Orbán y Abascal han construido su propia internacional de la derecha populista.
Gramsci en el Mediterráneo: ¿guerra de posición o hegemonía real?
Aquí es donde el análisis debe ser más exigente. Giovanni Arrighi, retomando a Gramsci, distingue entre dominación —el poder que se ejerce por la fuerza— y hegemonía, ese poder adicional que un actor obtiene cuando es capaz de presentar sus intereses particulares como interés general. Un Estado —o en este caso, una coalición de Estados— solo ejerce hegemonía real cuando su liderazgo es percibido como tal por los demás.
La pregunta que Barcelona plantea sin responderla todavía es si Sánchez está construyendo hegemonía o simplemente dominación simbólica. La diferencia es crucial. La primera requiere una narrativa capaz de articular intereses convergentes —desde Lula hasta Ramaphosa, desde Boric hasta Sheinbaum— en un proyecto político coherente con capacidad transformadora.
"La izquierda global está luchando por su relato. Barcelona es la sala de montaje, no todavía el estreno."
Los libros sobre el poder de los relatos son inequívocos en este punto: en la era de la hiperconectividad digital, la batalla política es fundamentalmente narrativa. Quien construye el marco interpretativo —quién es el antagonista, quién el héroe, qué está en juego— gana la partida antes de que empiece el debate sobre políticas concretas. Trump lo entendió antes que sus adversarios. La pregunta es si la izquierda global que se fotografía en Barcelona ha aprendido ya esa lección o sigue apostando por la corrección de sus argumentos frente a la eficacia emocional de sus rivales.
El eje Pekín-Barcelona: la lógica de la diversificación
El viaje de Sánchez a China —el cuarto en cuatro años consecutivos, con rango de visita oficial de máximo nivel— es la otra mitad de una misma estrategia que culmina en Barcelona. Su lógica es la que Giovanni Arrighi describió para el ascenso de las potencias emergentes: en momentos de crisis hegemónica, los actores intermedios ganan margen de maniobra precisamente porque las grandes potencias se necesitan mutuamente para estabilizar el sistema, pero no confían plenamente la una en la otra.
España no es una gran potencia. Pero en el tablero de 2026 —con Estados Unidos bajo Trump retirándose del multilateralismo, con Europa buscando a tientas su autonomía estratégica, con China acumulando capacidad financiera e industrial sin poder militar proyectable comparable— hay espacio para actores que funcionen como bisagra y traductores entre bloques. Sánchez ha identificado ese nicho y lo está ocupando con una consistencia que merece ser tomada en serio, independientemente de las valoraciones que merezca en política interior.
La visita [a China] se produce en un contexto en el que reforzar el vínculo con China supone una forma de complementar el tejido de alianzas internacionales con las que reducir la dependencia de otros socios tradicionales.
La coherencia entre Pekín y Barcelona es, en este sentido, perfecta: ambas apuestas apuntan a construir un mundo donde ninguna potencia tenga el monopolio de la agenda global. Es, en el lenguaje de Arrighi, la resistencia a que emerja un nuevo "Estado hegemónico" que imponga su visión al resto. España no se opone al orden internacional; se opone a que ese orden sea gestionado unilateralmente por Washington o por cualquier otra capital.
¿Candidato a líder de la izquierda global?
La pregunta es legítima y merece una respuesta matizada. En el mapa de la izquierda global, Sánchez tiene ventajas estructurales que no tienen Lula, Petro ni Sheinbaum: gobierna en Europa, habla desde la UE, tiene acceso directo a los mecanismos de gobernanza del euro y a la diplomacia comunitaria, y lleva ocho años en el poder sin haber perdido una sola elección general. Eso le da credibilidad institucional que no tiene ningún otro líder progresista en este momento.
Sus limitaciones son también evidentes: España es la decimocuarta economía mundial, sus Fuerzas Armadas son modestas, su soft power cultural es real pero acotado. Nadie confundiría a Madrid con Washington o Pekín. Y en política interior, su gobierno navega en aguas turbulentas que reducen su margen de maniobra.
Pero hay una lectura más precisa que la de "líder global": la de arquitecto de red. Lo que Sánchez parece estar construyendo no es un liderazgo jerárquico al estilo de la hegemonía estadounidense de posguerra, sino una red de afinidades que puede funcionar como contrapeso informal en los grandes foros internacionales. El propio Arrighi señalaba que en las transiciones hegemónicas, el nuevo orden no siempre emerge bajo el liderazgo de un único Estado poderoso, sino a veces bajo la coordinación de una pluralidad de actores que actúan concertadamente.
Conclusión: El weiqí y la paciencia estratégica
El juego de weiqí —del que toma nombre este medio— no se gana con un jaque mate súbito, sino con la acumulación paciente de influencia en el tablero, rodeando territorios, construyendo posiciones que solo revelan su valor cuando el juego avanza. La estrategia de Sánchez tiene algo de esa lógica: cada visita a Pekín, cada cumbre en Santiago o Barcelona, cada llamada a Lula o a Sheinbaum, es una piedra colocada en el tablero global.
Si logra articular esa red en una narrativa política coherente —y si la izquierda global aprende a contar su historia con la misma eficacia con que la derecha populista cuenta la suya—, Barcelona podría recordarse como el momento en que comenzó a gestarse una nueva coalición de gobernanza global. Si no, será una fotografía brillante en el álbum de la historia diplomática, hermosa y sin consecuencias.
El tablero está en juego. Las fichas están puestas. El partido apenas empieza.
