La presidencia de Donald Trump no fue un mero paréntesis en la historia del sistema-mundo, un accidente a corregir, sino la cristalización de tensiones profundas, la manifestación de una crisis orgánica que la hegemonía liberal-capitalista venía gestando desde hacía décadas. Su salida de la Casa Blanca, lejos de clausurar ese capítulo, lo ha proyectado en una nueva fase, donde su figura, desde el aparente ostracismo, continúa operando como un potente catalizador de desorden y reconfiguración global. ¿Es posible comprender la dinámica actual de las relaciones internacionales sin reconocer la persistente sombra de un exmandatario que, incluso sin el poder formal, sigue dictando el ritmo de ciertas pulsiones antisistémicas y reaccionarias a escala planetaria?
El 'efecto Trump' post-presidencia no se reduce a la influencia sobre el Partido Republicano o la política interna estadounidense; su alcance es estructural. Lo que observamos es una profundización de la deslegitimación de las instituciones multilaterales y de los marcos normativos que sostuvieron el ciclo hegemónico estadounidense desde Bretton Woods, un proceso que Arrighi bien podría describir como la fase de financiarización terminal de un ciclo de acumulación. Trump, con su retórica de "América Primero", no inventó el unilateralismo, pero lo elevó a una categoría de principio rector, desmantelando alianzas, cuestionando tratados y promoviendo una visión transaccional de las relaciones internacionales que ha corroído la confianza mutua entre los actores estatales. Este accionar, lejos de desaparecer con su administración, ha dejado una impronta, un camino abierto para que otros actores, tanto estatales como no estatales, sigan desafiando el orden establecido, legitimando la ruptura como estrategia.
La acumulación por desposesión, concepto central en la crítica de Harvey, encuentra en el trumpismo una manifestación política que trasciende lo puramente económico. La desposesión no es solo de tierras o recursos, sino de marcos de sentido, de certezas sobre el futuro, de la propia idea de un "orden liberal" como destino ineludible. Trump capitalizó y exacerbó la desposesión simbólica de amplios sectores de la población, tanto en Estados Unidos como globalmente, que se sienten abandonados por las élites globalizadas. Su discurso, en apariencia nacionalista, es en realidad una fuerza desestabilizadora que, al erosionar la cohesión interna de las potencias centrales, debilita la capacidad del sistema-mundo para generar un consenso hegemónico, abriendo la puerta a movimientos antisistémicos de diversa índole, algunos progresistas, otros profundamente reaccionarios.
Desde la perspectiva gramsciana, Trump ha actuado como un intelectual orgánico de una fracción de la burguesía y de sectores populares descontentos, forjando un bloque histórico sui generis que desafía la hegemonía tradicional. Su ostracismo, paradójicamente, lo ha liberado de las ataduras institucionales, permitiéndole operar como una fuerza desestabilizadora pura, un "príncipe moderno" sin corona pero con un megáfono global. La crisis orgánica del sistema, evidenciada por la incapacidad de las viejas élites para ofrecer soluciones a problemas como la desigualdad, el cambio climático o las migraciones masivas, encuentra en la figura de Trump un catalizador que acelera la descomposición, sin necesariamente ofrecer una alternativa coherente, sino más bien un caos controlado que beneficia a ciertos intereses particulares.
En América Latina, el 'efecto Trump' se manifiesta en la persistencia de un colonialismo interno exacerbado, donde las élites locales, históricamente alineadas con el centro, se ven obligadas a recalibrar sus estrategias frente a la imprevisibilidad del hegemón. La política exterior de Estados Unidos, incluso bajo la administración Biden, no ha logrado sacudirse completamente de la lógica transaccional y punitiva inaugurada por Trump. La retórica de "seguridad nacional" sigue justificando intervenciones y presiones que recuerdan los peores momentos de la Doctrina Monroe, mientras que la región, y Honduras en particular, permanece atrapada en las dinámicas de la periferia, exportadora de materias primas y mano de obra, y receptora de políticas migratorias cada vez más restrictivas. La sombra de Trump legitima la desconfianza, el aislamiento y la fragmentación, dificultando la construcción de bloques regionales autónomos y soberanos.
La imprevisibilidad de Trump, que sus críticos denuncian como un defecto, es en realidad su mayor fortaleza disruptiva. Al romper con las convenciones diplomáticas, los protocolos y las expectativas, ha introducido una variable de caos que obliga a todos los actores a operar en un terreno inestable. Los tratados internacionales, las instituciones multilaterales y las alianzas tradicionales se ven constantemente desafiados por la posibilidad de un giro inesperado, una declaración incendiaria o una política unilateral. Este estado de incertidumbre permanente, lejos de ser un mero capricho personal, es un síntoma de la profunda crisis de legitimidad del sistema-mundo, donde las viejas reglas ya no aplican y las nuevas aún no han sido escritas. El 'efecto Trump' no es un fenómeno pasajero; es un espejo que nos devuelve la imagen de un orden global en plena metamorfosis, donde las viejas certezas se desvanecen y el futuro se presenta más incierto que nunca.
